Resumen

A lo largo de la historia, las normas hegemónicas de lo que es ser mujer y ser hombre se van construyendo y reconstruyendo continuamente acorde a una matriz heterosexual, cristalizada en la división sexual del trabajo. En este marco, el objetivo del artículo es describir la forma en que las mujeres y los hombres mexicanos construyen sus trayectorias de sostenimiento económico del hogar a lo largo del curso de vida. A partir del tipo de empleo y los periodos donde son el principal sostén económico del hogar, utilizamos un análisis de secuencias por alineación óptima para determinar qué tipo de trayectorias se siguen, cómo varían entre generaciones, y si existen diferencias por sectores sociales y regiones del país.

Introducción

Las actividades vinculadas con el cuidado y con la reproducción doméstica se asocian tradicionalmente con aspectos de la identidad femenina, en tanto que las de manutención del hogar con la masculina. No obstante, de un tiempo a la fecha han aparecido patrones de autoridad en los hogares donde la aportación del ingreso no recae solamente en los hombres. Como resultado de las crisis recurrentes y las desavenencias laborales de las últimas décadas (subempleo, inestabilidad y pérdida del empleo, entre otras), es cada vez más frecuente que las mujeres aporten ingresos derivados de su trabajo para el sostenimiento de los hogares. Con esto han emergido, no sin conflictos ni tensiones, alternativas de jefatura de familia distintas a la tradicional. En las familias donde el hombre no es el principal proveedor económico, esto es, en los hogares con jefatura compartida o femenina, los roles tradicionales se trastocan y cuestionan. Asimismo, en las mujeres suele recaer la discriminación laboral y segregación ocupacional, aunado a las asimetrías de las relaciones de género al interior de las familias.

Con base en lo anterior, el objetivo de esta investigación es describir las trayectorias de sostenimiento económico de los hogares en México. A partir del tipo de empleo y los periodos donde se es el principal sostén económico del hogar, información que extraemos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva de 2017, aplicamos un análisis de secuencias por alineación óptima para reconstruir los itinerarios que siguen mujeres y hombres, y con ello conocer qué tipo de caminos se siguen y cómo cambian en el tiempo, entre los estratos sociales y las regiones del país.

Antecedentes

Como se ha evidenciado en otros trabajos (Martínez Salgado y Ferraris, 2016; Martínez Salgado y Ferraris, en prensa), la figura de principal sostén económico del hogar se ha asociado, histórico y culturalmente, a la de “hombre proveedor”, siendo un eje constitutivo de la identidad masculina en la división sexual del trabajo. Partiendo de una noción de género en tanto realidad performativa, las normas hegemónicas de lo que es ser mujer y ser hombre se van construyendo y reconstruyendo continuamente a lo largo de la historia acorde a una matriz heterosexual. En el “deber ser” hegemónico subyace el matrimonio heterosexual con hijos (familia nuclear), donde ella es concebida como “ama de casa” dependiente y con dedicación exclusiva a su familia; mientras que él, como la “cabeza de familia”, proveedor y autónomo. No obstante, este modelo nunca ha sido la familia “normal” en el sentido mayoritario, en tanto los hogares históricamente han sido múltiples y diversos: la participación femenina en el mercado de trabajo viene de larga data, al tiempo que el trabajo no remunerado de cuidados frecuentemente lo han realizado a través de redes feminizadas, y no de manera solitaria, cada una en sus hogares (Pérez Orozco, 2014).

A su vez, la división sexual del trabajo conlleva también una jerarquización de clase y étnica, ya que el sentido de la feminidad/masculinidad se genera en la yuxtaposición con otros ejes de jerarquización social (Pérez Orozco, 2017). Reconocer esta atribución de “ser proveedor” a lo masculino no implica ni que todos los hombres cumplan con ello ni que todos tengan los medios para hacerlo, sino que persiste “una especie de pacto interclasista, interracial e interétnico característico de un sistema patriarcal, que asocia el poder político, económico y de reconocimiento social a la proveeduría como privilegio masculino, que la mantiene como uno de los ideales de la masculinidad, con el trabajo remunerado como centro identitario” (Tena, 2015, p. 17). Así, un complejo sistema de valores gira en torno al rol de “hombre proveedor”, juzgando su importancia de acuerdo al estatus y a los beneficios financieros de su trabajo (Rosas, 2008). Además, el rol de “hombre proveedor” también se asocia con el ejercicio del poder, es la autoridad en el hogar: controla y maneja el dinero obtenido, y decide en qué se utiliza (Olavarría, Benavente y Mellado, 1998). En simultáneo, en el marco de la división sexual del trabajo también se genera una valorización diferencial y sexuada. Mientras que, entre los trabajos masculinizados, obtendrán más reconocimiento social aquellos en donde el valor económico (en referencia a salario y derechos contributivos) del trabajo realizado sea mayor; entre los trabajos feminizados, por el contrario, si se exige pago por realizar aquellos trabajos asociados a la feminidad, existirá una sanción social, ya que se valora más si se dispone a hacer las labores sin remuneración, “por amor” (Pérez Orozco, 2017).

Asimismo, ponen en riesgo su “calidad de hombres” aquellos que no logran cumplir adecuadamente con el mandato de proveedores, siendo así susceptibles de ser humillados (Olavarría, 2006). En concordancia, la relevancia de este rol de proveedor conlleva a que el desempleo pueda desencadenar un efecto psicológico dañino en los hombres, frecuentemente derivando en un proceso destructivo de pérdida de sentido de la vida y de la identidad. Y son las mujeres quienes tienden a reaccionar frente a esto, en búsqueda de nuevas fuentes de ingresos, generando redes de intercambio o bien intensificando el trabajo no remunerado (Pérez Orozco, 2014).

En este sentido, las transformaciones económicas y sociales ocurridas en México en las últimas décadas, el aumento de la precarización laboral entre la población masculina, la pérdida del empleo o el subempleo, han contribuido a reestructurar los arreglos laborales de los hogares y a debilitar tanto el rol de hombre proveedor exclusivo en los hogares, como la autoridad y la centralidad del poder de la jefatura masculina del hogar (García, 1994; García y Oliveira, 1994, 2006; Martínez Salgado y Ferraris, 2016; Oliveira, 1994, 1998; Rojas, 2012; Rojas y Martínez, 2014). Ello, aunado a la creciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo y los avances en los niveles educativos de la población, coadyuvan a la emergencia de aportación y distribución de ingresos que ya no descansan de forma exclusiva en el hombre, habilitando a nuevos patrones de autoridad en las familias (Gonzalbo y Rabell, 2004). Las mujeres adultas, en particular cónyuges o jefas de hogar, han aumentado su participación económica remunerada —o su búsqueda de trabajo— ya sea en un esfuerzo por solventar las necesidades económicas familiares, o bien por realizar aspiraciones individuales. Asimismo, las hijas y los hijos, tanto adultos como adolescentes, todavía tienen un papel económico relevante, si bien también ha habido una disminución de su participación económica en edades muy jóvenes, fruto del aumento de la permanencia en el sistema escolar en las últimas décadas (García y Pacheco, 2014).

En paralelo, se está generando cierta flexibilización del rol de estos hombres entre las generaciones más jóvenes —en particular de sectores sociales medios y urbanos—, que conlleva a disputar papeles y percepciones tradicionales en el marco de esta división sexual del trabajo. Ello se refleja en la emergencia de proveedurías compartidas y en la toma de decisiones en los hogares, lo que implica transformaciones en el ejercicio de poder en las relaciones conyugales y familiares (Martínez Salgado y Ferraris, en prensa; Rojas, 2012; Rojas y Martínez, 2014).

Como ejemplo de lo anterior, Ferraris y Martínez Salgado (2016) con información de la Encuesta Demográfica Retrospectiva de 2011 encontraron que, si bien la mayor parte de las mujeres se encuentran representadas en trayectorias sin ser principales sostenes económicos de sus hogares, una porción de mujeres mexicanas, en particular de las generaciones más recientes y de origen social alto, se caracterizan por estar inmersas en condiciones formales de trabajo y se declaran como principales proveedoras de sus hogares. En simultáneo, el trabajo femenino extradoméstico ha conjugado segregación ocupacional y discriminación laboral, aunado a las asimetrías de la distribución de tareas en el seno de las familias.

El contexto económico mexicano

La década de los ochenta puede ser vista como de transición entre las políticas económicas y de desarrollo de los setenta —asociadas en buena medida por la industrialización sustitutiva de importaciones—, y el proceso de implantar políticas de apertura económica interna y externamente. A partir de los noventa, en cambio, el país se desarrolla definitivamente en el marco de la economía abierta.

Al final del gobierno 1976-1982 se perdió la estabilidad macroeconómica y se interrumpieron el crecimiento y el desarrollo económico y social, ya que condujeron a un retroceso de los niveles de vida, lo a que su vez acentuó las desigualdades en el país, en particular con la gravedad de la crisis de 1982 (Alba, Giorguli y Pascua, 2014). En el marco del mercado de trabajo, se produjo una profunda escasez de oportunidades asalariadas y un pronunciado deterioro del poder adquisitivo de los ingresos de la fuerza de trabajo, ello como resultado de la aplicación de las políticas de estabilización, ajuste y reforma estructural aunadas con la alta inflación del período (Tuirán, 1993). Frente a esta crisis, los hogares tuvieron que desarrollar estrategias y movilizar sus recursos, a partir del nuevo ingreso al mercado de trabajo de otros miembros —aprovechando para ello sus redes de parentesco—, o bien cambiando sus consumos y la distribución de recursos (Gonzalbo y Rabell, 2004; Rendón y Salas, 1993).

Así, durante esta década, en el mercado laboral de México se evidencia una incapacidad para generar mano de obra asalariada y nuevas ocupaciones, un incremento de las actividades económicas de pequeña escala, una profundización del proceso de terciarización, al tiempo que un crecimiento más marcado de la fuerza de trabajo femenina (Rendón y Salas, 1993).

Ahora bien, el principal problema desde las últimas décadas del siglo pasado, más que la desocupación (que fluctúo entre 3% y 4% en los noventa y solo a mediados de 1995, año de recesión aguda, alcanzó 7%), ha sido la informalidad laboral. Frente a los vaivenes de la economía y las políticas aplicadas encaminadas a consolidar un modelo de acumulación de corte neoliberal, en particular desde mediados de los ochenta, aunado a la ausencia de un seguro de desempleo, la población ha buscado sobrevivir ingresando al mercado de trabajo de diferentes maneras y en condiciones bastantes precarias, tales como: ayudando en los comercios o en los predios agrícolas familiares, o bien mediante el autoempleo (García, 1999; López, 1999).

A fines de siglo, en comparación con las tendencias registradas a inicios de los ochenta, los indicadores laborales más importantes seguían siendo desalentadores. Esto se ve reflejado en que al finalizar los noventa los trabajadores en unidades económicas de cinco o menos empleados representaban casi el 60% de la mano de obra. Asimismo, entre 1991 y 1997 más del 70% de las ocupaciones que se generaron en México han sido gracias al sector de micronegocios informales y pequeños predios agrícolas (García y de Oliveira, 2001). Otro rasgo del mercado laboral nacional, que también se evidencia en otros países latinoamericanos, es la alta rotación de la fuerza de trabajo y la baja permanencia en los puestos de trabajo (Tokman, 2007).

Al inicio de la presente centuria comenzó otro breve lapso de recuperación económica, hasta que la crisis financiera internacional de 2008 deja sentir sus estragos sobre la economía nacional. En virtud de la fuerte integración a la economía estadounidense, México fue el país de América Latina que más duramente recibió el impacto de este nuevo ciclo recesivo, al menos en materia de crecimiento económico (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2009). Se hizo sentir con fuerza a lo largo del 2009, momento en que el producto interno bruto (PIB, tomando como base el año 2003) se contrajo 6.08%. Así, los años de transición al siglo XXI denotan con claridad uno de los rasgos característicos de la fase de apertura externa: la inestabilidad de la macroeconomía (Ariza y De Oliveira, 2014).

En síntesis, la consolidación del modelo de acumulación neoliberal de las últimas décadas, con sus ciclos de crisis y políticas de ajuste, y la consecuente profundización de la informalidad laboral, será el escenario que le tocará vivir a las generaciones más recientes consideradas en este estudio. Ello implicará un gran desafío, tanto para los hombres como las mujeres, y marcará la tendencia en las condiciones en las que asuman el rol de ser el principal sostén económico de sus hogares, como veremos a continuación.

Material y métodos

En esta investigación nos interesa analizar las trayectorias de vida de las personas como principal sostén económico de sus hogares. Para lograr este propósito recurrimos al análisis de secuencias. Bajo esta aproximación metodológica, una trayectoria es una lista ordenada de estados, donde el número total de estados, el orden que guardan, la permanencia en cada uno y los patrones de frecuencias son funciones del tiempo (Brzinsky-Fay y Kohler, 2010). De esta forma obtenemos una descripción compleja e informativa del comportamiento de las personas en el ámbito de interés, al tiempo que podemos marcar divisiones en la población para tener una idea de qué tan semejantes o diversos son los cursos de vida.

El análisis de secuencias cuenta entre sus técnicas con el análisis de alineación óptima (OMA, por sus siglas en inglés). El OMA permite detectar patrones en las secuencias con base en una medida de la similitud entre ellas; esto es, se alinean las secuencias por pares y se transforma una secuencia en la otra a partir de operaciones con los estados (inserciones, borrados y sustituciones) (Abbot y Tsay, 2001). En cada operación de transformación se incurre en un costo y la solución es aquella con el menor costo total. A este resultado, que se conoce como matriz de distancias, aplicamos un análisis de clúster para obtener una tipología de secuencias (Gauthier, Bühlmann y Blanchard, 2014). Con el OMA, entonces, podemos reconstruir los itinerarios que siguen mujeres y hombres como principal sostén económico de sus hogares.

Con respecto a la fuente de información, utilizaremos los datos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva de 2017 (EDER). Esta encuesta capta los periodos de al menos un año donde las personas entrevistadas fueron el principal sostén económico del hogar (hecho que tomamos como lapsos de sostenimiento económico) y registra los empleos con duración de al menos un año y algunas de sus características. Con base en esta información caracterizamos las trayectorias de sostén económico considerando los siguientes estados: 1) sostén económico con empleo formal, 2) sostén económico con empleo informal, 3) solo empleo formal, 4) solo empleo informal y 5) sin empleo. Para hacer la distinción entre la formalidad e informalidad del empleo utilizamos principalmente los datos sobre la posición en el trabajo, el tamaño de la unidad económica y el acceso a la atención médica por parte del trabajo. En este indicador confluyen dos aproximaciones teóricas, en la primera se define la informalidad a partir de los atributos del establecimiento, y la segunda resalta la situación irregular del puesto de trabajo (Beccaria y Groisman, 2008).

Con relación a la población objetivo, a fin de distinguir las transformaciones en el tiempo, resultado de los vaivenes económicos señalados en el apartado previo, analizamos el comportamiento de las cohortes de mujeres y hombres nacidos en 1962-1964, 1965-1969, 1970-1974, 1975-1979 y 1980-1983 (Figura 1). Además, centramos la atención en el periodo de vida entre los 15 y los 34 años porque en este lapso se concentran la mayoría de los sucesos del tránsito a la adultez (familiares y no familiares), particularmente los relacionados con la formación de un nuevo hogar (emancipación, entrada en unión conyugal e inicio de la reproducción). Bajo esta selección, y después de excluir los casos con información incompleta, la muestra con la que trabajamos corresponde a los datos de 13,720 individuos: 7,645 mujeres y 6,075 hombres, esto es, 274,400 años persona.

Además de la cohorte de nacimiento, consideramos como eje de análisis el origen social y la región de nacimiento. En el primer caso utilizamos los terciles del índice de orígenes sociales (Solís y Brunet, 2013), que considera las dimensiones: económica, escolar y ocupacional cuando el individuo tenía 15 años. En el segundo caso consideramos la regionalización funcional de México propuesta por la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (2015) y dividimos al país en 5 regiones: Norte, Centro-Occidente, Centro, Sur y Península.

Finalmente, usamos el Lenguaje R (R Core Team, 2020) para el procesamiento de los datos y el paquete TraMineR (Gabadinho et al., 2011) para la obtención de las secuencias. Realizamos dos procedimientos OMA, uno por sexo, en cada caso consideramos una matriz de costos de substitución constante, y a las matrices de distancias resultantes les aplicamos un análisis de conglomerados jerárquico aglomerativo de Ward. Con este procedimiento obtuvimos cuatro tipos de trayectorias para los hombres y cinco tipos para las mujeres, en el siguiente apartado presentamos con detalle estos resultados.

Figura 1. Diagrama de Lexis con cinco cohortes y evolución del PIB per cápita (US$ a precios de 2020), México, 1960-2017

Resultados y discusión

Hombres

La tipología de las trayectorias de los hombres como principal sostén económico de los hogares se compone de cuatro tipos (Figura 2). El primer tipo (T1) está conformado del 15.5% de los hombres y se caracteriza, sobre todo, por los lapsos con empleo en la economía formal; de los 20 años de observación, la media del tiempo en este estado es 9.2 años. El grupo de las trayectorias tipo 2 (T2) es el menos numeroso, reúne solo a 5.9% de los hombres y se caracteriza mayormente por los periodos con empleo en la economía informal; el tiempo promedio que pasaron los hombres en este estado es de 15.6 años.

En las trayectorias tipo 3 (T3) encontramos a la mitad de los hombres (50.8%) y el rasgo distintivo son los periodos de sostén económico del hogar con empleo en economía formal; los hombres que la integran pasaron más de la mitad del tiempo de observación en dicho estado (11.2 años). El cuarto tipo (T4) es la segunda más numerosa (27.7%) y los hombres que la integran tienen una media de 12.6 años en el estado sostén con empleo en economía informal.

En suma, los tipos de trayectorias con marcados lapsos de sostenimiento económico de los hogares (más de la mitad del periodo de observación lo pasaron en esos estados) convoca a aproximadamente 8 de cada 10 hombres, y si bien son la mayoría, la categoría de hombre-proveedor está lejos de ser universal. Para profundizar en ello a continuación analizamos la distribución de la tipología según generaciones y diferencias sociales.

Figura 2. Trayectorias laborales y de sostenimiento económico de los hogares de los hombres, y tiempo promedio en cada estado, México, 2017

Tabla 1. Distribución de la tipología de sostenimiento de los hogares de los hombres por cohorte de nacimiento, México, 1962-2017

Por último, entre las trayectorias que no se caracterizan por ser hombres sostenes principales del hogar (T1 y T2), cabe señalar: por un lado, el aumento entre generaciones de los hombres que se encuentran en esta situación cuando trabajan en condiciones formales (T1), probablemente asociado con la emergencia de nuevos patrones de organización del hogar que mencionamos previamente, en los que el hombre comparte el sostenimiento económico del hogar con sus parejas. Por otro lado, la poca proporción en todas las generaciones de hombres que, estando en condiciones informales de trabajo, no sean sostenes principales de ese hogar (T2), quizás destacando una mayor presencia en la cohorte 1965-1969 —7.9% de hombres trabajadores informales sin ser principal sostén—. Estas condiciones tan desfavorables de inserción en el mercado de trabajo para esta cohorte, visible también cuando los hombres son sostenes del hogar, se relacionan probablemente con las consecuencias de la crisis económica de 1982 (Figura 1).

En suma, en las trayectorias que conllevan mayor tiempo de vida en sostenimiento económico del hogar (y que al mismo tiempo son las más convocantes sobre el total de hombres de estas generaciones) las cohortes más antiguas presentan, en mayor medida, la tipología de sostén económico en economía formal (T3), con excepción de la cohorte 1965-1969 que presenta similar peso a las generaciones más jóvenes. Ello probablemente asociado al haber sido la generación que, al transitar hacia las principales edades de convertirse en sostén, viven en mayor medida los efectos de la crisis de 1982. Por el contrario, en las generaciones más jóvenes, frente al contexto descrito anteriormente de creciente informalidad laboral, este tipo de trayectorias ha perdido peso. Por ello también las trayectorias de sostenimiento en economía informal (T4) están más presentes, en primer lugar, en esta generación 1965-1969, así como también entre las más jóvenes (1975-1979 y 1980-1983), aunque también en la más antigua (1962-1964).

Al respecto, es importante señalar que en esta última generación la proporción de hombres que son el principal sostén económico del hogar es alta en ambas condiciones: tanto formales como informales, mientras que, para las generaciones más jóvenes, en un contexto más desfavorable (sobre todo la cohorte 1975-1979 que vivencia particularmente la crisis del 1995), este peso se da en detrimento de quienes son el principal sostén del hogar en condiciones formales. No obstante, también destacamos que todas ellas han vivenciado las consecuencias del modelo de apertura económica y las políticas de ajuste asociadas al mismo. En efecto, la generación que presenta en menor medida hombres sostén del hogar en condiciones informales es la generación 1970-1974, que justamente se condice con las edades de inicio de esta generación a ser sostén en un período de mayor crecimiento del país, previo a la crisis de 1995.

Por otra parte, el estrato social de origen condiciona fuertemente el tipo de trayectoria de sostenimiento económico del hogar (Tabla 2). Si bien observamos que la mayoría de los hombres se congregan en las trayectorias T3 y T4 (78.5%), al distinguir entre los estratos encontramos una diferencia de casi 10 puntos porcentuales entre los hombres con un origen social bajo (83.7%) y los del alto (74.0%). Este resultado bien puede deberse a que en los estratos menos favorecidos los roles tradicionales de género son más acentuados, particularmente el de hombre-proveedor, mientras que en los sectores medios y altos esta figura no es preponderante en todas las situaciones.

Tabla 2. Distribución de la tipología de sostenimiento de los hogares de los hombres por origen social y región de nacimiento, México, 1962-2017

Ahora bien, al realizar este ejercicio por región encontramos ciertas diferencias. En la región Centro, 75% de los hombres son el principal sostén económico de sus hogares, mientras que en el resto del país esta fracción es próxima a 80%. Aunque la diferencia no es mayúscula, es suficiente para suponer que en la Ciudad de México y el conjunto de entidades que integran la región Centro, comparado con las demás regiones, los roles de género son un tanto menos marcados y son más frecuentes los nuevos patrones de distribución de roles en el hogar, independientemente de las condiciones laborales de empleo.

Otro aspecto que se debe señalar es la notoria diferencia en el tipo de empleo que da soporte al sostenimiento económico de los hogares. Como era de esperarse, la proporción de hombres que integran las trayectorias T4 (sostén con empleo en la economía informal) es superior en el estrato bajo (40.7%) y entre quienes nacieron en la región Sur (39.4%); en cambio, en el estrato alto y en la región Norte sobresale la fracción de hombres en las trayectorias T3 (sostén con empleo en la economía formal) con cerca de 6 de cada diez en cada caso.

Este resultado pone en evidencia la diferencia en la estructura productiva de las regiones del país, con un Norte industrial y un Sur con predominio de actividades agrarias. Además, estos hallazgos revelan el impacto de las desigualdades sociales de origen en los derroteros de sostenimiento económico de los hogares, donde las condiciones de arranque determinan fuertemente el abanico de posibilidades laborales y con ello restringir o ampliar, según el origen social, los recursos económicos para el mantenimiento de los hogares.

Mujeres

La Figura 3 muestra la tipología de trayectorias para el caso de las mujeres. De los cinco tipos, la primera (T1) convoca a más de la mitad de las mujeres de todas generaciones analizadas (53.0%) y se caracteriza por una participación laboral baja y casi exiguos periodos de sostenimiento económico de los hogares; de hecho, de los 20 años de observación, las mujeres que integran este grupo promedian más de 16 años en el estado “sin empleo”.El segundo tipo (T2) también es la segunda más numerosa (20.2%). Este conjunto de trayectorias se caracteriza por los dilatados periodos con empleo en economía formal, pero sin ser el principal del hogar, el tiempo promedio en dicho estado es de 12.5 años. En las trayectorias tipo 3 (T3) se halla 11.8% de las mujeres, y este tipo de secuencias se distinguen por la amplitud de los lapsos con empleo en la economía informal y sin un rol protagónico en la manutención económica del hogar, el tiempo promedio en este estado es de 13.4 años.

Asimismo, el restante 14.9% de las mujeres se reparte casi a partes iguales en las trayectorias tipo 4 y 5 (T4 y T5, respectivamente). Estos tipos son de particular interés porque se trata de mujeres que son el principal sostén económico del hogar. El tipo de empleo en que se basa esta responsabilidad es lo que distingue a estos conjuntos de trayectorias. En las T4 la manutención del hogar con un empleo en la economía formal se prolonga por una media de 10.1 años, y en las T5 el sostenimiento del hogar con un empleo en la economía informal se extiende en promedio por 11.2 años.

Figura 3. Trayectorias laborales y de sostenimiento económico de los hogares de las mujeres, y tiempo promedio en cada estado, México, 2017

Por otra parte, como era de esperar, dado que las trayectorias T1 congregan la mayor proporción de mujeres, encontramos que este patrón se refleja en todas las cohortes de nacimiento consideradas (Tabla 3). No obstante, es interesante señalar que a través de las generaciones disminuye ligeramente su importancia, pasando de la cohorte más antigua (1962-64) de casi un 54.5% a la cohorte más joven (1980-83) con un 51.5%. Al respecto, es relevante destacar que justamente la participación laboral presente en este tipo de trayectorias se da particularmente en edades previas a las “casaderas/reproductivas”, es decir, se observa un calendario laboral adaptado al “deber ser” femenino que mencionamos anteriormente.

Tabla 3. Distribución de la tipología de sostenimiento de los hogares de las mujeres por origen social y región de nacimiento, México, 1962-2017

De igual forma, vale resaltar la presencia importante en todas las generaciones de mujeres que, si bien no son principales sostenes del hogar, tiene una participación en el mercado de trabajo formal (T2) que alcanza a casi 23% en la generación más joven. La excepción la presenta la generación 1965-1969, que ya decíamos vivenció fuertemente las consecuencias de la crisis de 1982, con lo que es probable que, en ese contexto, el acceso a condiciones formales de trabajo haya sido menos frecuente (como veíamos en ese aumento en dicha generación de los hombres sostén del hogar en condiciones informales), y menos aún en el caso de las mujeres.

A su vez, en el contexto creciente de informalidad laboral en las últimas décadas ya descrito, vemos que, con excepción de la generación más antigua que tiene un peso menor, para el resto, y de manera creciente, encontramos cada vez más mujeres en trayectorias de participación laboral en condiciones informales (T3) que, si bien no son principales sostenes del hogar, seguro aportan al mismo frente a las situaciones adversas. Como mencionábamos, los hogares como estrategia de sobrevivencia, han aumentado el número de perceptores de ingresos. Entre 1984 y 1994 el porcentaje del total de familias con dos o más ocupados subió de 38.7% a 46.3% (Pliego, 1997 citado en López, 1999), aun cuando este lapso se caracterizó por un deterioro de la capacidad para crear trabajo asalariado, un incremento de las actividades a pequeña escala, y por una mayor presencia de las mujeres en el mercado laboral (Rendón y Salas, 1993).

Por último, las trayectorias T4 y T5 se caracterizan por los dilatados lapsos de ser principales sostenes del hogar que iniciaron, a grandes rasgos, de forma más temprana en T5 que en T4. Estos tipos, si los leemos en conjunto, aportan un dato interesante entre generaciones: a grandes rasgos, en los momentos históricos que aumenta la importancia de uno de ellos, disminuye el otro. Esto es, en la cohorte 1965-1969, que decíamos se ve particularmente perjudicada por el contexto de crisis del 1982, las mujeres que se encontraban inmersas en el mercado de trabajo formal aumentaron su presencia en el estado de principales sostenes económicos del hogar; y al mismo tiempo, disminuyó la presencia como principales sostenes aquellas que trabajaban en condiciones precarias. Con respecto a lo primero, claramente quienes aportan en este aumento son las mujeres que estaban insertas en el mercado formal (que ven reducida su presencia en esta generación). Mientras que, en el segundo caso, justamente las mujeres que estando en el mercado informal en un contexto favorable podían ser sostén principal de sus hogares, en este nuevo escenario, y frente al deterioro generalizado de los salarios, pasan a engrosar la trayectoria de mujeres en la economía informal sin ser sostenes principales.

En la cohorte siguiente (1970-1974), que vivencia un período de recuperación económica, disminuye la presencia de mujeres con empleo formal y que son principales sostenes del hogar y, en consonancia, recordemos que también en esta generación aumenta la proporción de hombres principales sostén del hogar en condiciones formales. Asimismo, en concordancia con esta reducción, en esta generación aumenta el peso de aquellas que trabajan en el mercado formal sin ser el principal sostén. En el caso de la cohorte 1975-1979, que debe enfrentar una nueva crisis en el país de gran envergadura como fue la del 1995, vuelve a suceder lo mismo que en el otro período desfavorable: aumenta el peso de las que son sostén del hogar cuando están insertas en condiciones favorables de empleo y, en simultáneo, se reduce el peso de las que en condiciones formales de empleo no son principal sostén económico. Cabe recordar que también en esta generación disminuye el peso de los hombres que son principal sostén del hogar en condiciones formales de trabajo.

Por otra parte, estas diferencias entre generaciones y contextos no afectan de la misma manera, y en igual sentido, a todas las mujeres. La Tabla 4 muestra que hay trayectorias con mayor peso en mujeres de un origen social u otro. Esto es, casi 6 de cada diez de las mujeres de origen social bajo se concentran en el tipo de trayectorias más tradicionales (T1): de baja participación laboral, en edades que no son las de crianza, y sin ser el principal sostén económico del hogar. Este tipo, si bien es el que predomina en todos los sectores sociales, disminuye su peso en las mujeres de origen social medio (aunque siguen siendo más de la mitad de ellas: 55%), y más aún en las de origen social alto (42%).

Tabla 4. Distribución de la tipología de sostenimiento de los hogares de las mujeres por origen social y región de nacimiento, México, 1962-2017

Por el contrario, están más presentes en estos dos últimos grupos las mujeres que, sin ser principales sostenes económico del hogar, trabajan en condiciones formales (T2), con un notable peso particularmente entre las de origen social alto (34%). Ello se contrapone también a una mayor presencia de mujeres de origen social bajo en trayectorias tipo T3 (15%). Todo esto último da cuenta, por un lado, del aumento de la participación laboral femenina en las últimas generaciones y, por otro, que las condiciones de esa participación no son iguales en todas las mujeres.

Finalmente, centrando la atención en las trayectorias de sostenimiento económico del hogar (T4 y T5), mientras que entre las de origen social alto 10.9% son el principal sostén del hogar en condiciones formales de trabajo, una proporción similar de las de origen social bajo (9.5%) lo son insertas en la economía informal. Las de origen social medio se encuentran justamente en una situación intermedia, con una presencia casi similar en uno u otro, aunque con menor peso: 8.0% y 6.8%, respectivamente.

Ahora bien, al igual que en el caso de los hombres, las desigualdades sociales son visibles también por regiones. En primer lugar, destacamos que la proporción de mujeres en las trayectorias más tradicionales (T1) es similar en todas las regiones (alrededor de 56%), con excepción de la Centro (46%). Ello es interesante si tenemos presente que, en esta última región, en relación con las otras, las trayectorias de principales sostenes económico del hogar en condiciones formales también presentan un peso mayor (10.2% frente a cerca de 7% del resto). En el Norte las condiciones de empleo más favorables se reflejan no como principales sostenes económicos del hogar sino como aportantes. En esta región, 25.5% de las mujeres integran las trayectorias T2. Este resultado cobra otra dimensión si se compara con las mujeres de la región Sur, donde apenas 11.7% de las mujeres conforman este tipo de trayectorias. Por último, en las regiones Centro, Sur y Península —apenas un poco más que el resto—, con valores entre 7% y 8%, se concentran las trayectorias que, siendo mujeres trabajadoras en la economía informal, también son las principales responsables de la manutención económica de sus hogares.

Conclusiones

En América Latina las crisis recurrentes, el endeudamiento de los Estados, las consecuencias negativas de los procesos de integración y apertura económica, y las derivaciones económicas y sociales de las políticas de ajuste y cambio estructural, son el telón de fondo de la mayor parte de los problemas de empleo, pobreza y desigualdad social en la región (Salvia, 2007). México siguió este mismo rumbo, y las políticas económicas y sociales implementadas en la década de los ochenta y noventa del siglo pasado no lograron que el mercado laboral formal tuviera la capacidad para absorber a toda la población.

En este escenario se destaca, en el caso de los hombres, que en los momentos de crisis económicas fuertes y en las últimas generaciones, haya disminuido el peso de quienes son el principal sostén económico del hogar en condiciones de formalidad laboral; también, que en estos períodos haya un aumento de quienes son el principal sostén económico del hogar en condiciones informales. Entre las mujeres, estos cambios contextuales se manifiestan en la mayor presencia de mujeres con trayectorias de empleo en la economía informal, y en un aumento entre quienes, estando inmersas en la economía formal, se vuelven las principales responsables económicas del hogar. Estos hallazgos confirman lo que señalan otras investigaciones, en tanto que frente a situaciones adversas aparecen patrones de sostenimiento en los hogares donde el ingreso no es generado únicamente por los hombres.

La incertidumbre que produce el escenario económico afecta a toda la población, pero los riesgos económicos no se reparten por igual. La inestabilidad ocupacional y de ingresos tiene un mayor impacto en los grupos sociales que no están protegidos, relegados de los mecanismos institucionales existentes. Por esto, encontramos una mayor presencia de los estratos sociales bajos en las trayectorias de sostenimiento económico con empleo en la economía informal. Por el contrario, las trayectorias de principal sostén económico en condiciones formales de trabajo se ubican en los sectores de origen social alto, en primer lugar, y luego de los medios. Este comportamiento ocurre en ambos sexos, pero con muy diferente peso.

En efecto, se observa entre los estratos menos favorecidos que los roles tradicionales de género son más acentuados, particularmente el de hombre-proveedor y el de mujer ama de casa con baja participación laboral, mientras que en los sectores medios y altos estas figuras no son tan preponderantes. En consonancia, están más presentes en estos dos últimos grupos también las mujeres que, sin ser principales sostenes económicos del hogar, trabajan en condiciones formales, con un notable peso entre las de origen social alto. Todo esto da cuenta tanto del aumento de la participación laboral femenina en las últimas generaciones, ya señalado, y que las condiciones de esa participación no son iguales en todas las mujeres. Adicionalmente, interesa destacar que son estas mismas mujeres las que, en momentos de crisis, engrosan las filas de la poca presencia femenina en trayectorias de principal sostén económico en condiciones formales de empleo, y que es cuando justamente también se contrae el peso de los hombres como principal sostén económico del hogar en condiciones de empleo formales. Ello se condice con investigaciones previas que señalan que las mujeres adultas, en particular cónyuges o jefas de hogar, han aumentado su participación económica remunerada —o su búsqueda de trabajo— en un esfuerzo por solventar las necesidades económicas familiares, sin negar también parte de este crecimiento por realizar aspiraciones individuales.

Ahora bien, el ejercicio por regiones arrojó diferencias que si bien no son amplias, sí son suficientes para suponer que en la Ciudad de México, y el resto de las entidades que integran la región Centro, los roles de género son un poco menos acentuados. Ello se refleja tanto en los hombres como entre las mujeres de las generaciones analizadas. Mientras que, entre las mujeres de la región Norte, las condiciones de empleo más favorables se reflejan no como principales sostenes económicos del hogar, sino en la inserción laboral en condiciones formales.

No obstante, a pesar de la incertidumbre que produce un contexto económico y laboral desfavorable, que se traduce en inestabilidad laboral y de ingresos, nuestros resultados sugieren que el mandato de masculinidad hombre-proveedor sigue primando, tal como lo señalan otros estudios para generaciones anteriores. Si a ello le sumamos que una parte importante de las mujeres se encuentran representadas en trayectorias con baja participación laboral, condicionadas por las edades de reproducción familiar, esto reafirmaría para las cohortes analizadas la vigencia de la distribución de roles tradicionales.

En esta matriz heterosexual, la economía feminista denuncia que a partir de una diferencia biológica “naturalizada” (el sexo) se confiere un lugar distinto en la jerarquía social (Pérez Orozco, 2014). La injusticia radica en la asignación de lugares diferenciados para hombres y mujeres, y que el de los varones sea el de privilegio. El conjunto de instituciones socioeconómicas portadoras de género, tanto los distintos mercados como el propio Estado, (re)producen el desigual reparto de roles en la familia y en la división sexual del trabajo. Es en las instituciones donde se concentra la principal estructura sexuada de la economía. Ignorar esto conlleva dar la espalda a quienes no se ajustan a la norma, a no comprender sus diversas expresiones según grupos sociales, ni entender cómo se transforma.

Como mucho, se reconoce que el modelo clásico de división sexual del trabajo: hombre proveedor-mujer ama de casa, está siendo reemplazado por otro: hombre empleado-mujer con doble jornada y con peor inserción laboral. Es importante visibilizar que la posición en el sistema socioeconómico forma parte de la línea de continuidad que reconstruimos al tiempo que recorremos. A nivel subjetivo cuando se adhiere, como hombre, al “ser productivista”, o bien como mujer, al “ser ama de casa/cuidadora”; y a nivel objetivo, cuando se materializa en la división sexual del trabajo que encontramos plasmada en las trayectorias de principales sostenes económicos de los hogares, en el marco de la familia nuclear como norma social y económica.

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