Resumen

HOLA

Esta investigación tiene como objetivo principal describir y comparar los ingresos y gastos, de los hogares rurales mexicanos y su fuente de obtención en los años 2002 y 2014. Para ello se construyó con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (enigh) una tipología de hogares a partir de los ingresos derivados de los negocios. Se encontró que los hogares con ingresos del sector agropecuario disminuyeron; que el número de miembros en el hogar es un recurso para la obtención de ganancias; que se incrementó la multiactividad, y que, en términos reales, no hubo mejoras en el poder adquisitivo. La principal fuente de ingreso de los hogares rurales es el trabajo, aunque un 32% no recibe ingresos por esa vía. Las familias gastan principalmente en alimentación, vestido y vivienda. Los hogares con mayor vocación campesina tienen un ingreso menor, dependen más de las remesas, de apoyos gubernamentales y del autoconsumo, y recurren a la diversificación de sus ingresos como estrategia familiar de sobrevivencia.

Introducción

A partir de las reformas estructurales emprendidas en México en las décadas del ochenta y del noventa del siglo pasado, la economía en general, y el sector agropecuario en especial, se vieron expuestos a la competencia internacional, lo que transformó la dinámica productiva y laboral del país. En México, para el año 2015, según la Encuesta Intercensal, la población que se localizaba en las áreas rurales representaba cerca del 23% (27 millones de habitantes) de la población total del país. Si bien la tendencia hacia el descenso de las actividades agrícolas es un fenómeno que guarda relación con la urbanización y el nivel de desarrollo de las regiones, es de resaltar el ritmo acelerado con el que se ha producido en México: en 1979 el 28,9% de la población económicamente activa (pea) se ubicaba en el sector agropecuario; en el año 2000 la cifra se había reducido a 18,6% (García, 2012; Pacheco, 2010) y para el 2018, a 13% (siete millones de personas). En tal contexto, los hogares rurales, y en especial los agrícolas, han tenido que recurrir a prácticas como la migración, la multiactividad y la diversificación de sus fuentes de ingresos.

Los ajustes estructurales en materia económica, asociados a la apertura comercial, la urbanización, el cambio tecnológico y la migración, entre otros aspectos, han golpeado fuertemente las condiciones de vida de los productores de subsistencia, acentuando el proceso de descampesinización (Lenin, 1960). La pequeña producción agrícola es cada vez menor y más fragmentada, lo que estimula la asalarización de los campesinos y la ampliación y diversificación de las fuentes de ingresos por parte de las familias campesinas.

Fuera de la vinculación de la unidad productiva con el nivel de desarrollo predominante en el contexto nacional, regional o local donde se ubique, existen también factores de la unidad domestica que contribuyen a la reproducción social de la fuerza de trabajo, como son los sociodemográficos y las fuentes de ingresos de las que disponen los hogares para satisfacer sus necesidades. La interacción entre los aspectos económicos y sociodemográficos tienen incidencia sobre la oferta de trabajo y la participación laboral de los miembros del hogar en ambientes caracterizados por relaciones de producción capitalista (García, Muñoz y De Oliveira, 1982; Cuéllar, 1990).

Las unidades domésticas, a través de sus características y las de sus miembros, influyen directamente en la formación de la oferta de mano de obra, puesto que condicionan la cantidad y las características de las personas disponibles para participar en la actividad económica. Constituyen una instancia mediadora, con dinámica y efectos propios, que redefinen las exigencias de mano de obra que impone la demanda en el mercado de trabajo (García, Muñoz y De Oliveira, 1982).

Otro aspecto a resaltar dentro de la dinámica agrícola es el proceso de decantación, que implica que los hogares agrícolas en condiciones económicas adversas recurren como primera opción a la diversificación de sus fuentes de ingresos (Chayanov, 1974), como paso previo a la descampesinización. La perspectiva de la «economía campesina» propuesta por Alexander Chayanov (1974) permite una lectura interesante en cuanto al comportamiento de los hogares con más o menos tendencia a la vocación agrícola. Un primer elemento a destacar es que dichos hogares, al no separar, en principio, la reproducción social de la producción económica, se acercan más a un balance entre el consumo familiar y la explotación de la fuerza de trabajo; es decir, el equilibrio económico se alcanza cuando, al hacer uso de los recursos monetarios y no monetarios disponibles en la unidad de producción, se cubren las necesidades de consumo según el número de trabajadores o integrantes. Sin embargo, cuando las actividades agrícolas no cubren las necesidades de consumo, se recurre a otro tipo de actividades, donde el equilibrio económico se alcanza a niveles más bajos de bienestar, por las condiciones en que se emplea la fuerza de trabajo (Lozada, 2002).

Uno de los mecanismos del que hacen uso los hogares agrícolas son las estrategias familiares de vida, mediante las cuales las unidades familiares pertenecientes a cada clase, estrato social o unidad económica, con base en su perfil sociodemográfico y de condiciones de vida, «desarrollan, deliberadamente o no, determinados comportamientos encaminados a asegurar la reproducción material y biológica del grupo» (Torrado, 1981; Carton de Grammont, 2007; Lara, 1998; Puyana y Romero, 2008; Yúnez-Naude y Andrade, 2008). Tres elementos deben estar presentes para el análisis de las estrategias familiares de vida: 1) la existencia de recursos, sin los cuales no existirían estrategias, 2) que los recursos sean tanto materiales como no materiales y dinámicos y, 3) que los recursos representen un aspecto importante de las relaciones de poder (González de la Rocha, 1994), estrategias que también se han reconocido en la literatura como pluriactividad o multiactividad en la agricultura, entendida como la diversificación de las fuentes de empleo de los hogares rurales (Arias, 2009; Carton de Grammont, 2009; Pacheco y Florez, 2010).

Al respecto, es posible identificar dos tipos generales de estrategias: aquellas destinadas a la generación de recursos a través de la intensificación o diversificación de la participación de los integrantes del hogar en la actividad económica, creando diferentes arreglos laborales y domésticos, y un segundo grupo que integran las que mejoran la eficiencia de los recursos, cambiando los hábitos de compra, la dieta, la preparación y distribución de alimentos entre los miembros, etc. Son estrategias destinadas a moderar el descenso del consumo material y el bienestar familiar causado por una disminución general de los activos del hogar (Tuirán, 1993).

Kirsten Appendini, Marcelo de Luca y Zoraida García (2006) sostienen que la diversificación del trabajo y las actividades de empleo, incluida la agricultura, siempre han sido parte de las estrategias de los hogares rurales: incluso teniendo tierra, la mayoría de los hogares rurales no cuentan con suficientes recursos para vivir exclusivamente de la agricultura. Sin embargo, en los últimos años, la importancia de las actividades no agrícolas ha aumentado y ha desplazado a la agricultura como el eje en torno al cual se articula la economía de los hogares. El giro hacia otro tipo de estrategias ha estado acompañado por la expansión de la migración internacional, primordialmente con destino a Estados Unidos, sobre todo, en los primeros años de la década del noventa, aunque se espera una disminución de este fenómeno por los efectos de la crisis financiera de 2008, que tuvo como epicentro dicho país (García, 2012).

De esta manera el objetivo principal de esta investigación fue el de conocer las estrategias de los hogares rurales para diversificar las fuentes de ingresos, y saber si existen cambios en los patrones de los gastos de los hogares rurales de México entre los años 2002 y 2014.

Antecedentes del estudio

Son diversos los abordajes empíricos que han analizado la dinámica de los hogares rurales, sin perder la perspectiva de la dimensión demográfica. Por una parte, aquellas que se centran en el papel del sector agrícola, y por otra parte, las que abordan las implicaciones de la transición hacia actividades productivas que se alejan de lo agrícola. Se destaca que la población que se ocupa en el sector agrícola es, en mayoría relativa, cuenta propia o trabajador familiar sin pago, en contraste con aquellos que no se ubican en este sector, que se emplean bajo la modalidad asalariada. A pesar de que se ha observado un menor efecto protector del trabajo asalariado sobre las condiciones de estabilidad en los trabajadores, en los contextos rurales, ser asalariado no agropecuario ofrece un menor riesgo de vulnerabilidad en términos de ingreso y seguridad social. En cuanto a las características demográficas de los hogares rurales y su vínculo con las condiciones de trabajo, las unidades domésticas que desarrollan actividades agrícolas y no agrícolas son de mayor tamaño que las dedicadas a una sola actividad, lo que sugiere que el número de miembros puede ser importante, sobre todo si se encuentran en edad productiva, lo que se traduce en mayor disposición y uso de fuerza de trabajo (Contreras, 2017; Pacheco, 2010).

Por su parte, Sergio Velarde (2010), al diferenciar entre los ámbitos rural y semiurbano, encontró que el vínculo entre pobreza y mercado de trabajo está en las actividades orientadas al autoconsumo, no remuneradas y predominantemente de giro familiar. Mayores niveles de carencia se relacionan con las condiciones de empleo de las actividades agrícolas: baja calificación, baja remuneración y menor producción de ingreso por unidad de tiempo. Al igual que los autores anteriores, sus hallazgos apuntaron a que laborar en el sector asalariado con contrato incrementa 7,5 veces la posibilidad de no ser pobre en comparación con la de los trabajadores agrícolas de subsistencia y los que no reciben un pago.

La vulnerabilidad de los trabajadores agropecuarios es de gran magnitud: solo el 5,3% de ellos tiene acceso a la seguridad social. Esta situación puede estar relacionada en parte con el contexto en que se insertan los trabajadores agrícolas, ya que más del 80% lo hace en pequeñas unidades familiares con menos de seis empleados. Estudios como los de Florez (2015) han encontrado que para el año 2003 dos de cada tres trabajadores vinculados a unidades agrícolas modernas recibían menos de dos salarios mínimos y solo uno de cada tres contaba con acceso a la seguridad social; es decir que ni siquiera en aquellas unidades agrícolas más grandes con producción comercial los trabajadores logran acceden a un trabajo en buenas condiciones laborales.

Desde el punto de vista del trabajo y los ingresos, trabajos pioneros como el de Emilio Klein (1992) llamaron la atención sobre el rápido crecimiento en las zonas rurales de la población ocupada en actividades de los sectores secundarios y terciarios de la economía en América Latina. Es así como cada vez más los ingresos rurales no agrícolas tienen un mayor peso en el ingreso total del hogar. Alain de Janvry y Elisabeth Sadoulet (2001) y Hubert Carton de Grammont (2009) encuentran que para los años 1997 y 2004 respectivamente, esta proporción era cercana al 55%. De igual forma, para 1997 en México, la relación entre ingreso rural no agrícola era de 7,5 a uno con el ingreso laboral asalariado agrícola.

Con relación a la importancia de los ingresos provenientes de la migración en México, De Janvry y Sadoulet (2004), al analizar los hogares ejidales, clasificados por el tamaño del predio, encuentran que solo 6,5% del ingreso total proviene de la migración, y en predios con superficie de entre cinco y diez hectáreas, la participación se incrementa al 8,9%. Antonio Yúnez-Naude y Edward Taylor (2004), en su estudio de ocho comunidades rurales, encuentran que el 13% del ingreso proviene de la migración. En este mismo sentido, Carton de Grammont (2009), a partir de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (enigh) de 2004, encuentra que en los hogares rurales campesinos y en los hogares rurales no campesinos las remesas representan el 7% y 9%, respectivamente.

Las transferencias, provenientes del Estado y ejecutadas a través de programas sociales y de desarrollo productivo, siguiendo una lógica de inclusión productiva y encaminadas hacia el desarrollo de estrategias de vinculación de estos hogares al sistema productivo, son de gran importancia para los hogares en pobreza. Luz María Lozada (2002), quien se aboca al estudio de caso de una comunidad en Puebla, encontró que acciones focalizadas del Estado para combatir la pobreza, como el Programa de Educación, Salud y Alimentación (Progresa), sí favorecieron a la reproducción de las unidades domésticas campesinas, pero sin modificar su condición de pobreza ni su relación de subordinación en el mercado. De igual forma, se ha encontrado que en programas como Procampo (, 1998) el apoyo hacia los productores de cultivos temporales representa, en promedio, más de la quinta parte del total de los ingresos de la unidad productiva. En las áreas con riego, el programa les aporta alrededor de la doceava parte y para las unidades menores a diez hectáreas el apoyo representa alrededor de la quinta parte. Carton de Grammont (2009) halla que los subsidios para los hogares campesinos representan el 13% del ingreso total y que para los hogares no campesinos fueron del 4%.

Fuente de información

Para esta investigación se utilizaron como fuente de información las de 2002 y 2014 realizadas por el La tiene por objetivo captar información del ingreso y gasto de los hogares mexicanos relacionados con el monto, la distribución y la procedencia de estos. También contiene información sobre las características sociodemográficas y de ocupación de los integrantes del hogar, y las características relacionadas con la infraestructura de la vivienda y el equipamiento del hogar (, 2015).

La es una encuesta periódica que realiza el desde 1984 y bienalmente desde 1992 bajo la misma metodología y usando los mismos conceptos. Las de 2002 y de 2014 permiten obtener resultados a nivel nacional y para los ámbitos rural y urbano. El diseño muestral de las de 2002 y de 2014 es probabilístico, bietápico, estratificado y por conglomerados; la unidad última de selección es la vivienda y la unidad de observación es el hogar (, 2015).

Desde su primer levantamiento, la ha tenido diversas modificaciones. Particularmente, la de 2002 tuvo diversos cambios, tales como el aumento del tamaño de la muestra, que en el año 2000 fue de 10.108 hogares y en 2002 de 17.167; la modificación del diseño de muestreo, y la inclusión en el cuestionario de más preguntas para captar el ingreso monetario de los hogares, que pasaron de 36 en el año 2000 a 48 en el 2002 (Cortés, 2005, p. 276). Esto implicó que se cuestionara la comparabilidad de los resultados de la 2000 con los de 2002, particularmente en el tema de la pobreza. Al respecto, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe () mencionó en 2003 que posiblemente los resultados que se obtuvieron con la de 2002 no son del todo comparables con los de la de 2000 (, 2003, p. 58). Con la de 2016 se inició una nueva serie, que, debido a las mejoras operativas en su levantamiento, no son totalmente comparables con las encuestas anteriores (Coneval, 2017). Por los motivos anteriores, se eligieron como fuente de información las de 2002 y de 2014.

Metodología

Población analizada

El universo de análisis de este trabajo fueron los hogares rurales y sus integrantes. Se consideró como hogar rural a aquellos que se ubicaban en localidades con menos de 2500 habitantes. Los tamaños de muestra analizados fueron de 4762 y 5251, para 2002 y 2014 respectivamente.

Variables analizadas

De la información disponible en las de 2002 y de 2014 se utilizó:

Del gasto corriente se analizó:

Para garantizar la comparabilidad en ambos años del ingreso corriente monetario y sus componentes, así como del gasto corriente monetario y no monetario, siguiendo la metodología propuesta el Consejo Nacional de Evaluación (Coneval), se deflactaron a la segunda quincena del mes agosto de 2014, con el Índice Nacional de Precios al Consumidor () por rubro. Para obtener los ingresos y los gastos mensuales se dividieron entre tres, esto debido a que la información reportada por eles trimestral. Además, el icm y sus componentes se dividieron entre el número de personas que residen en el hogar, es decir se analizó como ingreso y gasto per cápita. Esto último evita que «unidades domésticas grandes, con ingresos totales altos, pero bajos expresados en ingresos per cápita, queden incluidos en los deciles superiores» (Cortés, 2003, p. 137), lo cual es común en las localidades rurales.

El análisis del ingreso y del gasto se complementó con una descripción de algunas de las características e indicadores sociodemográficos que consideramos más relevantes de los hogares para los dos años analizados, los cuales fueron: sexo, condición de habla de lengua indígena y escolaridad del jefe del hogar; número de integrantes; número de integrantes ocupados; integrantes que perciben ingreso corriente monetario; integrantes que perciben ingreso corriente monetario y tienen trabajo; la relación de dependencia.

Construcción de la tipología de los hogares rurales

Con base en el ingreso por negocios agropecuarios captado de las de 2002 y de 2014, a estos hogares se los clasificó en alguna de las siguientes categorías: 1) hogares que solo reciben ingresos de negocios agropecuarios (); 2) hogares con ingresos de negocios agropecuarios y otros negocios (); 3) hogares que no reciben ingresos por negocios agropecuarios, pero sí de otros negocios (), y 4) hogares sin ingresos por negocios () (Cuadro 4). A esta variable se la denominó tipo de hogar.

Métodos estadísticos

Al ser un estudio descriptivo se utilizaron como indicadores estadísticos porcentajes y medias. Se hicieron pruebas de hipótesis de comparación de medias para muestras independientes para el ingreso per cápita y sus componentes según tipo de hogar rural. Esto con la finalidad de verificar si la diferencia entre las medias de 2002 y 2014 eras significativas. De tal manera que las hipótesis estadísticas fueron:

H0: μ2014 = μ2002

v.s.

H1: μ2014 ≠ μ2002

donde:

También se hicieron dos tipos de pruebas de hipótesis de comparación de proporciones. Con la primera se contrastó si el porcentaje de hogares según tipo por tamaño de localidad son estadísticamente diferentes entre 2002 y 2014; la segunda permitió verificar si la proporción de hogares rurales que recibe ingreso por trabajo es estadísticamente diferente entre los dos analizados, de manera que las hipótesis estadísticas planteadas fueron:

H0: p2014 = p2002

v.s.

H1: p2014 ≠ p2002

donde:

Aun cuando el objetivo del estudio que se planteó fue de carácter descriptivo se hizo un modelo de regresión lineal múltiple (), donde la variable dependiente fue el logaritmo natural del ingreso per cápita de los hogares analizados y las variables independientes, las características sociodemográficas del jefe/a del hogar, los años analizados y el tipo de hogar. Los resultados del permitieron observar si el ingreso monetario per cápita de los hogares rurales cambió entre 2002 y 2014, controlando por las características sociodemográficas y por el tipo de ingresos por negocios que recibe.

El paquete estadístico que se usó para procesar la información fue Stata versión 13.1. Para la obtención de la información se consideraron los factores de expansión y el diseño muestral de las de 2002 y de 2014.

Resultados

Características sociodemográficas

En términos relativos, los hogares rurales del país han descendido, tendencia que se ha observado desde las últimas décadas del siglo pasado. Es así como, para el año 2014, el 22% de los hogares del país se ubicaba en localidades no urbanas, con una disminución de 1,5% en relación con el año 2002 (Gráfico 1). Por otro lado, en 2002 existían en las zonas rurales alrededor de 5,8 millones de hogares, que para 2014 ascendieron a siete millones. Es de resaltar que la importancia de las actividades agrícolas es menor en la medida en que la población se localiza en contextos más urbanizados, en las localidades con más de quince mil habitantes los hogares agropecuarios representan tan solo el 4%.

En los años analizados se observa una disminución —tanto en términos absolutos como relativos— de los hogares rurales con ingresos provenientes de las actividades agropecuarias (). Para 2002 habían 2,4 millones (41,7% del total), pero doce años después su participación descendió a 2,3 millones (32,8% del total) (Tabla 1).

La disminución cercana al 12% de los hogares rurales que se organizan exclusivamente con ingresos agropecuarios, es decir los ha, habla de proceso de descampesinización que persiste en las zonas menos urbanizadas del país, proceso que se combina con la decantación rural, al incrementar intermitentemente los hogares que combinan negocios agro y otros tipos de negocios no agrícolas. A pesar de esta situación, los todavía tienen un peso significativo en la dinámica social y económica de las zonas menos urbanizadas del país: uno de cada cuatro hogares rurales es de ese tipo, y si se toman en cuenta los la relación aumenta a uno de cada tres hogares (Gráfico 2). Como tendencia podemos observar que cada vez más las actividades no agropecuarias () ganan mayor presencia: en el período analizado se incrementaron en un 10,3%, aspecto que se relaciona con lo expuesto por Carton de Grammont, cuando manifiesta que actualmente «la principal fuente de trabajo de la población rural, tanto de hogares campesinos como no campesinos, se encuentra en el sector secundario y terciario» (2009, p. 296).

Otro aspecto a destacar es la importancia que tienen los pueblos indígenas en el país y en los contextos rurales. Según la Encuesta Intercensal para 2015 se estimó en más 7.300.000 la población (mayor de tres años) hablante de lengua indígena, de la que el 61% se encontraba viviendo en localidades rurales. Con relación a nuestros datos podemos observar que uno de cada tres de los y los tiene como jefe hogar a un hablante de lengua indígena, doce puntos porcentuales por encima del promedio rural y veinte puntos porcentuales por arriba de los hogares rurales que no dependen de los negocios agrícolas, aspecto que señala las marcadas desigualdades que existen en el país según la condición étnica (Tabla 2).

Llama la atención el nivel de envejecimiento en las zonas rurales, con un promedio cercano a los cincuenta años, donde la distancia entre los jefes de y es de alrededor de seis años, aspecto que sugiere que los jefes del hogar permanecen en la actividad agrícola hasta el término de sus vidas (Florez, 2015). A pesar que en las últimas décadas se han hecho grandes esfuerzos por reducir los niveles de analfabetismo y aumentar los años promedio de escolaridad en las zonas rurales, se observa que en la medida en que un hogar depende más de los ingresos por negocios agropecuarios, el jefe del hogar presenta una baja escolaridad: en 2014, el 27% de los manifestó no tener escolaridad, mientras que en los fue del 11% (Tabla 2).

Aun cuando el tamaño promedio de los hogares rurales tuvo una ligera disminución entre los años analizados, los y se caracterizan por tener un promedio mayor de personas que integran el hogar, de vinculados a la actividad económica y de aquellos que perciben ingreso (Tabla 2). Al parecer los hogares rurales más pobres, enfocados a la agricultura de autoconsumo vinculan al mercado de trabajo al mayor número de miembros, como estrategia para obtener ingresos adicionales y así lograr cubrir sus principales necesidades materiales. Lo anterior es un reflejo de la tendencia de los hogares a encontrar un balance entre las necesidades de sus integrantes y el producto derivado del uso de su fuerza laboral (Tuirán, 1993).

Los hogares rurales y el ingreso

Más del 50% del ingreso de los hogares rurales proviene del trabajo, seguido de las transferencias, los negocios agropecuarios y de los no agropecuarios, tendencia que se mantiene entre 2002 y 2014.

Esta tendencia difiere según el tipo de hogar: el ingreso de los proviene mayoritariamente del trabajo para el mercado (80,4% en 2014) y le siguen en importancia las transferencias (18,3%). Para los esta distribución cambia significativamente, ya que si bien dichos hogares dependen de los ingresos por trabajo (28,6%), los negocios agropecuarios aportan cerca de 40% y las transferencias representan cerca de una tercera parte del ingreso (29,5%), aspecto que nos habla de la diversidad en la fuente de ingresos de este tipo de hogar, al parecer una estrategia para lograr cubrir sus necesidades básicas. En los hogares que combinan negocios agropecuarios con otro tipo de negocios, es decir, los, los ingresos por negocios (48%) superan a los ingresos por trabajo (29%). Cabe mencionar que esta estructura de distribución no presenta grandes cambios entre 2002 y 2014 (Gráfico 3).

Como veíamos, el trabajo es la principal fuente de ingresos de los hogares rurales mexicanos y, sin embargo, para el año 2002 cerca del 38% de los hogares rurales no percibía este tipo de ingreso, cifra que disminuyó para 2014 a uno de cada cuatro hogares. A medida que un hogar desarrolla actividades relacionadas con los negocios agropecuarios, sus ingresos totales dependen menos de los ingresos por trabajo: para 2002, aproximadamente uno de cada dos y no percibía ingresos provenientes del trabajo. Doce años después, esta tendencia se mantiene en los ha, pero, por el contrario, se observa una reducción de siete puntos porcentuales en los (Gráfico 4). Si bien en los cuatro tipos de hogares rurales hubo un incremento en el porcentaje de los que sí reciben ingresos por actividades laborales, entre los y los se observa que este aumento fue mayor. A pesar de que estos hogares envían más miembros al mercado de trabajo son quienes dependen menos del ingreso por trabajo e incluso no lo reciben. Como veremos más adelante, en los hogares campesinos más pobres el peso de las transferencias, el autoconsumo y el uso de la fuerza de trabajo familiar es de gran importancia.

Con el interés de conocer con profundidad cómo se distribuyen los ingresos del trabajo remunerado, se observa que los sueldos tienen un mayor peso (Tabla 3) en 2002. Sin embargo, doce años después, disminuye en al menos cuatro puntos porcentuales su importancia y asoman actividades de carácter secundario, que no corresponden al trabajo principal. Conforme el hogar rural es más agrícola se diversifican las fuentes de ingresos por trabajo (6% en los hogares ), recurriendo a la multiactividad como estrategia para la consecución de mejores ingresos. El poco dinamismo de los otros rubros permite conjeturar sobre la necesidad de los hogares de complementar el ingreso proveniente de la actividad principal ante la pérdida de seguridad y estabilidad que proveen los salarios.

Este comportamiento que se ha venido acentuando, al menos a partir de lo registrado por Lozada (2002) en su estudio sobre el papel de Prospera (antes Oportunidades o Progresa), y corrobora la pérdida de autonomía de los hogares agropecuarios para mantenerse vinculados a esta actividad y satisfacer sus necesidades, es decir, la barrera que separaba a la economía de subsistencia de la capitalista es cada vez más endeble (Wilk, 1997).

Después de los ingresos por trabajo, las transferencias son el ingreso de mayor importancia para un hogar rural y representan el 19% de los ingresos totales (Gráfico 3). Dentro de las transferencias, los apoyos gubernamentales son los que tienen mayor importancia entre los hogares rurales: 36% y 52% para 2002 y 2014 respectivamente. Además, entre los hogares tipo y en tan solo doce años se incrementó en un 20% la proporción de quienes reciben algún tipo de apoyo del Estado. Estos datos se complementan con la declaración del jefe del hogar (Tabla 2): en la medida en que un hogar depende más de los negocios agropecuarios reciben más apoyo del gobierno (80%), mientras que en los este porcentaje es del 46%.

Otra forma de señalar el fenómeno de la multiactividad en los hogares rurales del país es a través del rastreo de la procedencia de los ingresos por trabajo según el sector de actividad económica. Así, un primer hallazgo es la pérdida de la centralidad de los ingresos por trabajo agrícola: en 2002 uno de cada tres pesos provenía del trabajo en las actividades primarias, mientras que para 2014 esa relación disminuyó al 20%. Es de resaltar el incremento de la terciarización en las zonas rurales del país: cerca del 50% de los ingresos laborales provienen de estas actividades. En los y se observa una fuerte relación entre la obtención de ingresos por negocios agropecuarios e ingresos por trabajo provenientes de las actividades primarias: en la medida en que un hogar no dependa de los ingresos por negocios agropecuarios disminuye el peso del ingreso por trabajo agropecuario y gana importancia el ingreso por trabajo proveniente del sector secundario y terciario de la economía (Gráfico 5).

Un cambio importante entre los dos años analizados es la disminución del peso de las remesas dentro de los ingresos de los hogares, en especial para los y , que son los que más reciben por este rubro: en 2002, de cada $ 100 del ingreso por transferencias que recibían los casi $ 47 se provenían de remesas, lo que se reducía a $16 en 2014, mientras que para los y las remesas corresponden a menos del 11% del ingreso por transferencias (Gráfico 6). Estos datos se confirman con lo expuesto en la Tabla 2, que indica que entre 2002 y 2014 disminuyó en 3,5% la proporción de hogares que reciben remesas, y que los fueron los más afectados, con una disminución del 5%. Entre las posibles causas de la pérdida del peso de las remesas en los ingresos de los hogares, se encuentra la crisis financiera en Estados Unidos del año 2008, la deportación de mexicanos desde allí y el incremento de la migración de retorno en los últimos años.

El porcentaje del ingreso por transferencia debido a becas y donativos se mantuvo prácticamente igual entre los y entre 2002 y 2014. Para el resto de los hogares analizados su participación disminuyó entre 6% (para los ) y 2% () (Gráfico 6).

También es de destacar la importancia que adquirieron para el año más reciente del análisis las transferencias por jubilación, lo que resulta congruente con el comportamiento etario de la población en las localidades rurales. Sin embargo, el incremento de los hogares que reciben este tipo de ingreso no ha sido homogéneo en las localidades rurales: entre los hubo un aumento de apenas 0,6%, y de 3,7% para los ha, mientras que en el incremento fue de 12,3% y en los de 10% (Gráfico 6).

Con relación al nivel de ingresos, entre 2002 y 2014 se presenta una pérdida real del poder adquisitivo de los hogares rurales y los incrementos observados no son estadísticamente significativos (Tabla A3 del Anexo), evidencia que se presenta también en los (que representan 50% de los hogares rurales). Además, cabe mencionar que los hogares que perciben ingresos por actividades derivadas del sector agropecuario (y ) obtienen, en promedio, un ingreso menor que los hogares no agrícolas, lo que habla de su mayor vulnerabilidad y de la precariedad en sus condiciones de vida, ya que no logran cubrir la canasta básica con el ingreso que obtienen (Tabla 4).

Para los resultó ser significativo el aumento de los ingresos provenientes de las remesas y para los el incremento de los ingresos por trabajo fue significativo y también lo fue la disminución de los ingresos por negocios, por lo que se obtiene una diferencia negativa en el ingreso total.

En la Tabla 4 se muestran los resultados del modelo de regresión lineal elaborado para explicar el logaritmo natural del ingreso per cápita en los hogares rurales para los años 2002 y 2014. Se observa que entre los hogares disminuye en 23% el ingreso per cápita con respecto a aquellos hogares que no reciben ingresos por negocios () —que son el grupo de referencia— y que para los hubo una reducción del ingreso monetario por integrante del hogar de 21% con respecto a los hogares de referencia. A su vez, el coeficiente para el tipo de hogar no fue significativo, es decir, no hubo una diferencia en el ingreso per cápita entre los y los . Esto refuerza los hallazgos mencionados en los apartados anteriores, ya que aquellos hogares que dependen mayoritariamente de los ingresos por negocios agropecuarios fueron los más afectados económicamente. También se observa que el coeficiente del no es significativo, lo que añade más evidencia el argumento de que la variación intertemporal del ingreso para los hogares rurales no ha tenido mejoras (Tabla 5).

Cuando se observan las interacciones entre tipo de hogar y año, se observa que solo son significativas para los hogares tipo en 2014, con signo negativo, mientras que en los otros tipos de hogar no fue así (Tabla 5).

Observamos también que la variable de sexo del jefe del hogar no es significativa. En lo que respecta al resto de la variables independientes, resalta el efecto de la escolaridad, la cual aumenta el ingreso por integrantes del hogar conforme aumenta esta. Llama la atención que la categoría de Secundaria y más es la que más incrementa las percepciones monetarias del hogar, con un incremento de 96%(Tabla 5).

Adicionalmente, contar con algún apoyo del gobierno disminuye el ingreso por integrante del hogar en un 24%. Este resultado es esperable, dado que los hogares con menores ingresos son los más pobres y los que presentan las mayores desigualdades y vulneración de sus derechos sociales. Por lo general son estos hogares los que reciben los apoyos sociales por parte del Estado. En 2014 el porcentaje de la población en situación de pobreza en zonas rurales fue del 61,1%, por lo que las transferencias son de gran importancia para cubrir una parte de las necesidades de estos hogares campesinos.

Por otro lado, recibir remesas aumenta en 30% el ingreso de los hogares y por cada integrante ocupado adicional aumenta en 18% el ingreso per cápita de los hogares rurales (Tabla 5).

Por otra parte, para que la interpretación sea un poco más precisa con respecto de las variaciones del ingreso de los hogares en el tiempo, en el siguiente cuadro se muestran los efectos marginales de la interacción. Se observa que entre los hogares y los , el ingreso per cápita ha disminuido poco más de 4%, entre 2002 y 2014. Esto refuerza el hallazgo de que los hogares rurales dependientes de los ingresos por negocios agropecuarios han empeorado su condición económica. El coeficiente marginal del año permite corroborar lo anterior, ya que no es significativo, de manera que el ingreso de los hogares analizados prácticamente no ha variado en doce años (Tabla 6).

En suma, los presentan una fuerte heterogeneidad de ingresos por trabajo, negocios y transferencias. Al parecer, en este grupo se ubican los hogares que recurren a la diversificación de sus fuentes de ingresos como estrategia familiar de subsistencia, vinculando el mayor número de miembros del hogar al mercado de trabajo o estimulando la migración de sus miembros para lograr conseguir ingresos adicionales vía remesas.

En este mismo sentido, estos hogares recurren más la multiactividad para no depender exclusivamente de los ingresos agropecuarios, de modo que complementan su ingreso mediante la vinculación a ocupaciones en el sector secundario y terciario, aunque también requieren de manera importante de las transferencias.

Hogares rurales y el gasto monetario y no monetario

De manera generalizada es aceptado que la descripción del gasto de los hogares brinda elementos para conocer las condiciones de vida de los hogares y sus integrantes. En el Gráfico 7 se representa la aproximación empírica más inmediata de las estrategias implementadas por hogares rurales para satisfacer sus necesidades básicas. Por ejemplo, la disminución del peso de las remesas entre 2002 y 2014 posiblemente sea reflejo del incremento en 2,7% de las transferencias, especialmente en los —los mismos que sufrieron una reducción más drástica en las remesas—. El aumento de las remuneraciones en especie en 2,3% con un mayor peso en los y los se corresponde con la disminución del autoconsumo. Por otra parte, la relevancia que adquiere el valor del alquiler habla de la tendencia de los hogares asegurar su reproducción material a través de su gasto en el componente más fungible y el más duradero al mismo tiempo (Gráfico 7).

Para los dos años analizados se observa que los hogares rurales destinan la mayor parte de su ingreso monetario al gasto en alimentación, vestido y calzado, puesto que de cada $ 100 gastados aproximadamente $ 50 son para cubrir este tipo de bienes. Sin embargo, solo se observa un incremento en el porcentaje del gasto en estos rubros, entre los (4,2%) y entre los 2,9%) (Gráfico 8). Aun con este incremento, se puede observar que prácticamente no hay cambios en el patrón de gasto de los hogares rurales, lo cual muy posiblemente sea reflejo del nulo incremento en sus ingresos (Taylor y Mora, 2015).

De igual forma es necesario indagar sobre el papel de las trasferencias gubernamentales en los hogares para que los niveles de gasto salud y educación tendieran a mantenerse, ya que el poco dinamismo en este rubro del gasto puede tener diversas posibles explicaciones, entre ellas, y más deseable es que los programas del gobierno como Prospera (antes Oportunidades) y el Seguro Popular de Salud están cubriendo las necesidades de salud y educación de los hogares rurales mexicanos. Otra explicación puede ser que por las diversas crisis económicas ocurridas en el período analizado los hogares rurales sacrificaron la inversión en capital humano de sus integrantes para poder recuperar su estado de salud en caso de alguna enfermedad o accidente. Así, Mercedes González de la Rocha (1993) encontró que durante la crisis económica de los noventa el gasto en alimentos no disminuyó gracias a que se destinó menos al gasto en salud o educación, aspecto que no se observó en los años analizados.

Discusión y conclusiones

En este trabajo se evidencia el paulatino proceso de pérdida de importancia de las actividades agrícolas en los contextos rurales de México. El acentuado envejecimiento y la invariabilidad de la jefatura masculina y los bajos niveles de escolaridad en la población rural, la mayor relación de dependencia y la reducción del tamaño promedio de los hogares.

A partir de la construcción de la tipología de hogares en función de los ingresos derivados de los negocios agropecuarios y no agropecuarios, se encontró que en términos reales no hubo incrementos en el ingreso de los hogares rurales. Es de resaltar que el trabajo asalariado (agrícola y no agrícola) sigue siendo la principal fuente de ingreso de los hogares, aunque llama la atención que uno de cada tres hogares rurales no reciba remuneración por trabajo.

Con relación al nivel de ingresos, entre 2002 y 2014 se demuestra una pérdida real del poder adquisitivo de los hogares rurales, evidencia que se presenta también en los (el 42% de los hogares rurales). Además, cabe mencionar que los hogares que perciben ingresos por actividades derivadas del sector agropecuario obtienen, en promedio, un ingreso monetario menor que los hogares no agrícolas, lo que habla de su mayor desigualdad, pobreza y vulnerabilidad.

En cuanto a estructura de los hogares, aquellos que se organizan exclusivamente con ingresos agropecuarios, los ha, tienen aún un peso significativo en la dinámica social y económica de las zonas rurales de México: uno de cada tres hogares rurales es de ese tipo, y si se toman en cuenta los hogares que combinan ingresos agropecuarios con otros ingresos su participación aumenta.

Los hogares con mayor vocación campesina tienen una fuerte heterogeneidad en su estructura de ingresos: por trabajo asalariado, negocios agropecuarios, remesas y subsidios del gobierno, y son quienes tienen un mayor número de integrantes que perciben ingreso corriente monetario. Es así como en este grupo se ubican los hogares que más recurren a la diversificación de sus fuentes de ingresos y a la multiactividad como estrategia familiar de subsistencia.

Para concluir, las políticas públicas deben estimular las dinámicas económicas, generar el acceso a la tierra y promover la escolaridad y capacitación de los jóvenes como mecanismo para disminuir la desigualdad, mejorar las condiciones de vida, la acumulación y superación de la pobreza a partir del impulso de la actividad agropecuaria mediante encadenamientos productivos. De esta forma será posible mejorar los ingresos por trabajo y las condiciones de vida de los hogares rurales y agrícolas del país.

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